La fortaleza del Territorio Obsidian no era la misma de hace cinco años.Donde antes solo había tiendas de cuero y murallas de estacas improvisadas, ahora se alzaba una impetuosa empalizada de troncos de pino negro reforzados con hierro, custodiada por dos torres de vigilancia de tres niveles. Los vigías renegados, armados con arcos pesados y lanzas de caza, se mantenían inmóviles bajo la nieve que comenzaba a caer suavemente sobre el valle.En el bastión central de la fortaleza, Kaelia se terminaba de ajustar las protecciones de cuero sobre sus antebrazos. Sus movimientos eran precisos, fríos, calculados.Cora permanecía a su lado, sosteniendo a Freya de la mano, mientras Ares miraba la espada de su madre con fascinación e impaciencia.—No deben salir del bastión bajo ninguna circunstancia —ordenó Kaelia, arrodillándose para quedar a la altura de sus dos hijos. Les tomó el rostro con infinita ternura, buscando en sus ojos de azul dorado la fuerza que necesitaba—. Si las cosas se comp
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