—Oiga, ¿qué pasó, señor? —preguntó el taxista al ver a Ryan de pie fuera del taxi, examinando una llanta que se había desinflado de repente.Por suerte, terminaron todo antes de que regresara el taxista. Aun así, era extraño que la llanta se desinflara de un momento a otro.—Ah, qué bueno que volvió. No tengo idea de qué pasó. La llanta se pinchó de repente —dijo Ryan mientras miraba hacia el asiento trasero, donde Vanessa se arreglaba en silencio la ropa y el cabello después de aquel encuentro tan agitado.Vanessa miró inexpresiva a su sirviente y enseguida apartó la cara. Ya fuera por vergüenza o porque solo trataba de evitarlo, estaba claro que no quería mirarlo a los ojos. Ryan se sentía igual de incómodo.La mujer a quien solía servir cabizbajo se entregó a él por voluntad propia, sin una sola queja ni amenaza con descontarle parte del sueldo.Al contrario, lo recompensó con una suma de dinero asombrosa. El taxista se agachó para examinar la llanta pinchada. No entendía cómo pudo
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