El nombre cayó entre nosotros como un cristal roto.Lorenz no se movió. No parpadeó. Solo se quedó mirándome, con la boca entreabierta y los ojos cada vez más claros, como si la luz de la lámpara del salón se hubiera vuelto demasiado fuerte de golpe. El tic-tac del reloj de la cocina se oyó de pronto brutal, cada segundo un martillazo.—¿Qué…? —dijo. La voz le salió ronca, casi irreconocible.—Emilian —repetí, porque ya no había marcha atrás—. Tu primo.Durante un segundo más no pasó nada. Solo el ruido de la lluvia contra los cristales y el sonido de mi propia respiración, demasiado rápida. Luego Lorenz soltó una risa corta, seca, histérica. Se llevó las dos manos a la cabeza y se las pasó por el pelo con tanta fuerza que me dolió solo de mirarlo.—No —dijo—. No, no, no. Esto no… esto no puede ser.Dio un paso atrás. Luego otro. Chocó contra el sillón y casi se cae. Se agarró al respaldo con las dos manos, los nudillos blancos, y se quedó ahí, temblando de pies a cabeza.—¿Mi primo?
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