Me desperté antes que él. La luz de la mañana entraba sesgada por la ventana abierta, rayando de oro las sábanas arrugadas y la curva de su espalda. Lorenz dormía boca abajo, un brazo extendido hacia el lado donde yo había estado, como si incluso en sueños buscara el contacto. El pelo le caía sobre la frente. La marca de mis uñas en su hombro izquierdo se veía aún más roja con la luz del día. Me quedé mirándolo un rato largo. No por deseo, aunque el deseo siempre estaba ahí, sino por esa sensación extraña y nueva de pertenencia. Ya no era el miedo de perderlo. Era el peso suave de saber que lo tenía. Que él me tenía. Cuando abrió los ojos, lo primero que hizo fue buscarme con la mano. Al encontrarme, sonrió sin abrir del todo los labios. —Buenos días, esposa. La palabra todavía me hacía algo en el pecho. —Buenos días, lindo idiota. Se rio, bajo y ronco, y me atrajo contra él. El calor de su cuerpo todavía olía a sal y a jabón y a sexo de la noche anterior. Me besó el cue
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