Emilian no dijo nada durante varios segundos. Solo se quedó mirando la puerta, luego a mí, luego otra vez a la sangre que le manchaba los nudillos. El labio inferior ya estaba hinchado, el corte abierto y brillante bajo la luz del porche.—Cinco minutos —murmuró al fin—. Y solo por el puto labio.No esperó a que yo contestara. Subió los escalones con esa forma suya de caminar, como si el suelo le debiera algo. Yo lo seguí, las llaves temblándome entre los dedos. La cerradura resistió un segundo de más; cuando la puerta se abrió, el silencio de la casa me golpeó más fuerte que el de la calle.Encendí la luz del recibidor. Todo estaba igual que cuando me fui.—Siéntate —dije, señalando el sofá del salón.Emilian no se sentó. Se quedó de pie junto a la mesa baja, con los brazos cruzados otra vez, como si necesitara una barrera. Yo fui al baño a buscar el botiquín. Cuando volví, él no se había movido ni un centímetro.Abrí la caja con manos torpes. Gasas, antiséptico, una tira de sutura d
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