El vaso de agua vacío rodó un poco sobre la mesa cuando lo solté. Emilian lo miró, luego me miró a mí. La sonrisa que casi había asomado se borró del todo.
—¿Por qué estás aquí sola? —preguntó, más bajo—. ¿Y por qué estás bebiendo así?
La pregunta me golpeó más fuerte que todas las cervezas juntas. El alcohol ya me había suavizado los bordes, pero no lo suficiente. Noté cómo la garganta se me cerraba. Intenté reír. El sonido salió roto.
—Porque… porque Lorenz lo sabe todo.
Emilian se quedó muy