El lunes por la mañana el bufete parecía más frío de lo normal. Había pasado la noche dando vueltas en la cama, pensando en la nueva realidad del caso. Ya no se trataba solo de irregularidades técnicas o contratos dudosos. Emilian Novak, estaba siendo acusado formalmente de asesinato en primer grado.Las pruebas eran circunstanciales, pero pesadas: llamadas, correos, movimientos financieros. Y yo, su abogada, tenía que defenderlo.A las nueve y media Emilian entró en mi oficina. Esta vez no había sonrisa. Su rostro estaba tenso, los ojos grises más oscuros que nunca.—Supongo que ya leíste la acusación formal —dijo, cerrando la puerta tras de sí.—Sí. Asesinato, Emilian. —Mi voz salió más dura de lo que pretendía—. Esto cambia todo.Se sentó frente a mí y por primera vez en mucho tiempo vi algo parecido al miedo en su expresión.—No lo hice, Elara. Te lo juro por lo más sagrado. Ese hombre estaba presionando, sí. Había irregularidades en la obra, pero yo no ordené matarlo. Alguien est
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