La luz del amanecer se filtraba cruelmente por las cortinas del salón. No había dormido más de una hora. Lorenz seguía dormido sobre mí, pesado, cálido y vulnerable. Su respiración era profunda, pero de vez en cuando un pequeño espasmo le recorría el cuerpo, como si incluso en sueños siguiera sufriendo.
Con cuidado, intenté moverme. Sus brazos se tensaron alrededor de mi cintura de inmediato.
—No… —murmuró sin abrir los ojos, con la voz ronca por el alcohol y el llanto—. No te vayas.
Se me apre