Me quedé apoyada contra la puerta varios minutos, con los ojos cerrados y la frente pegada a la madera fría. El temblor no se iba. Me recorría los brazos, las rodillas, incluso la mandíbula. Respiraba por la boca, despacio, como si el aire de mi propio piso me resultara demasiado denso.Había ganado.Había dicho todo lo que necesitaba decir. Cada palabra había salido afilada, precisa, deliberada. Había visto cómo se le tensaba el cuerpo a Emilian, cómo los nudillos se le ponían blancos, cómo tragaba saliva sin atreverse a interrumpirme. Había sido cruel. Y esa crueldad, por un instante, me había sabido a victoria.Ahora solo sabía a ceniza.Me aparté de la puerta con un movimiento torpe y dejé caer el bolso en el suelo. Las llaves sonaron al chocar contra la madera. No me molesté en recogerlas. Caminé hasta el sofá y me dejé caer de lado, sin quitarme ni siquiera la chaqueta. El salón estaba en penumbra. La luz de la tarde entraba por la ventana entreabierta, más tibia, más dorada, y
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