Salí del departamento de Lorenz con el alma hecha pedazos y el pecho ardiendo de rabia. No lloré en el ascensor. No lloré en el auto. Solo conduje con las manos apretadas al volante hasta que los nudillos se pusieron blancos.
Todo esto era culpa de Emilian.
Él había vuelto como un huracán, destruyendo lo único estable y bueno que había tenido en años. Lorenz no merecía esto. Lorenz era luz, era paz, era el hombre que me había ayudado a creer que podía volver a ser feliz. Y ahora, por culpa de E