El olor a desinfectante me golpeó en cuanto atravesé las puertas automáticas del Hospital Central.
Había olvidado lo mucho que odiaba los hospitales. Quizá porque en ellos las personas siempre parecían estar esperando algo. Una noticia, un diagnóstico. Un milagro, o una despedida.
Me acerqué al mostrador de urgencias con el corazón desbocado.
—Lorenz Adler —dije, intentando recuperar el aliento—. Ha tenido un accidente de tráfico. Me han llamado hace menos de una hora.
La enfermera tecleó algo