Salí de la obra con la cabeza hecha un nudo y el estómago revuelto. El polvo se me había pegado a la piel como una segunda capa de culpa. Conduje de regreso al bufete en silencio, con la radio apagada y las manos apretadas al volante. Cada semáforo era una oportunidad para recordar la mirada de Emilian cuando mencionó a Víctor Mendoza y la forma en que su voz ronca había dicho “te quiero de vuelta… en mi cama”.
No. No podía seguir así.
Llegué al bufete poco después. Me encerré en mi oficina, me