Estefanía sentía que estaba viviendo en un sueño. Un mes había pasado volando, y ahora ella era una estudiante de Derecho. Jamás lo hubiera imaginado. Al principio, la idea de la universidad la había aterrado tanto. Pero ahora, sumergida en ese mundo, no dejaba de fascinarse con las leyes. Le gustaba entender cómo funcionaba el mundo, las reglas, la justicia. Era como si, al fin, estuviera obteniendo herramientas para defenderse de la vida. Aun así, la imponencia del campus le abrumaba. Los edificios de techos altos, los pasillos ruidosos y el mar de estudiantes que caminaban con prisa de un lado a otro la hacían sentir diminuta. Ella siempre prefería pasar desapercibida, buscando los rincones menos transitados. Al terminar la última clase de la tarde, salió del edificio y se dirigió hacia la parada de autobuses que quedaba a las afueras de la entrada principal. Solo quería llegar a casa, ver a su hermano y repasar los apuntes del día. Sin embargo, a mitad de camino,
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