Estefanía no había dejado de llorar en el asiento del copiloto.
—Basta —dijo Cristian, harto de su llanto.
El hombre sacó un pañuelo limpio de la guantera y se lo entregó.
Ya le había dicho en otra ocasión que las lágrimas le resultaban molestas, pero ella no podía contenerse en ese momento.
No ahora que sabía que Javier había sido capaz de hacer algo tan estúpido como consumir drogas.
—Lo siento… —tomó el pañuelo con dedos temblorosos y comenzó a secarse las mejillas con torpeza.
—Recuerda lo