35. Narra Anastasia
La oficina parecía haberse convertido en una cámara de descompresión donde el oxígeno escaseaba cada vez que Maverick cruzaba el umbral de su despacho. Habían pasado dos días desde que me contó aquello con la frialdad de un ejecutor: y al final, yo solo soy la amante. Y ella es tu esposa.
Sus dichos me habían apuñalado el pecho con una precisión quirúrgica, pero lo que más me infuriaba no era él, sino yo misma. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? ¿En qué momento exacto perdí la cabeza hasta e