La paz que reinaba en la mansión de los Castellanos era un templo que Valentina y Sebastián defendían con devoción. Con el embarazo de su tercer hijo avanzando con total normalidad, y las risas de Esperanza y Mateo llenando cada rincón del jardín, sus vidas parecían haber alcanzado un estado de gracia inalterable. Sin embargo, el mundo exterior y los negocios de un imperio de la magnitud del de Sebastián siempre guardaban la capacidad de arrastrar viejas sombras a la superficie.Aquella mañana, Sebastián regresó de su oficina en el centro de la ciudad con un semblante ligeramente más tenso de lo habitual. Al entrar a la biblioteca, donde Valentina revisaba unos catálogos de literatura infantil mientras acariciaba su vientre de poco más de cuatro meses, él se acercó de inmediato para besar su frente con la ternura de siempre. Sin embargo, Valentina, que conocía cada sutil cambio en sus facciones, cerró el libro y lo miró fijamente.—Te conozco, Sebastián —dijo ella con una sonrisa suave
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