La paz que reinaba en la mansión de los Castellanos era un templo que Valentina y Sebastián defendían con devoción. Con el embarazo de su tercer hijo avanzando con total normalidad, y las risas de Esperanza y Mateo llenando cada rincón del jardín, sus vidas parecían haber alcanzado un estado de gracia inalterable. Sin embargo, el mundo exterior y los negocios de un imperio de la magnitud del de Sebastián siempre guardaban la capacidad de arrastrar viejas sombras a la superficie.
Aquella mañana,