El reloj de pared de la suite presidencial marcaba las once y cuarenta y cinco de la noche. Sofía de la Vega caminaba de un lado a otro sobre la alfombra persa, con una tercera copa de vino en la mano y la respiración entrecortada. El silencio de su teléfono celular, que solía sonar sin parar con invitaciones a eventos benéficos, llamadas de directores de corporaciones y mensajes de sus contactos de la alta sociedad, se había vuelto ensordecedor. El rechazo fulminante del consorcio europeo esa