La biblioteca de la mansión Castellanos, usualmente un santuario de lectura, paz y aroma a madera vieja donde Valentina pasaba las tardes estudiando poesía clásica, se había transformado en una sala de guerra legal. Los mapas de proyecciones corporativas y los expedientes penales estaban desplegados sobre la inmensa mesa central de caoba. Los licenciados Benavídez y Alvear trabajaban a un ritmo frenético, conectando computadoras portátiles a las pantallas de la pared y revisando los marcos jurí