La mañana siguiente comenzó con una tensa calma en las oficinas centrales del Grupo Castellanos. Sebastián ingresó al edificio con su paso firme y habitual, pero quienes lo conocían de cerca —desde su secretaria ejecutiva hasta los guardias del vestíbulo— notaron de inmediato que el aire a su alrededor cortaba como el hielo. La furia protectora que Valentina había calmado la noche anterior no se había disipado; se había transformado en una estrategia implacable.
A las diez en punto, la junta ex