Los días siguientes avanzaron con una lentitud insoportable. El tratamiento mantenía a Victoria estable, pero su estado seguía siendo delicado: algunas mañanas podía hablar durante unos minutos, mientras que otras veces apenas abría los ojos.Adrián aprendió a reconocer cada cambio con una atención dolorosa. No entraba sin permiso ni le había hablado de Mathis y Camille, los dos pequeños que trajo de Francia y mantenía protegidos en la mansión, porque Victoria aún no estaba en condiciones de recibir más preocupaciones.Aun así, Adrián permanecía, y Regina no tardó en notarlo. Por eso, una tarde, mientras él, Isabel y Ernesto hablaban con los médicos, aprovechó para acercarse a Fernanda, quien esperaba con evidente fastidio en la sala de espera.—Debes hablar ya con él —le dijo en voz baja—. Y tienes que asegurarte de que Adrián crea que tu decisión nace de tu miedo a perderlo y no de una exigencia.—Lo conozco, sé qué debo decir, así que no me presiones.—Necesitamos actuar ya. Si que
Leer más