Fernanda caminó detrás de Regina con los ojos hinchados, aunque ya no lloraba. Había escuchado cómo confirmaba a Adrián que estaba con ella y, aunque Regina no la llevó al hospital, tampoco la dejó marcharse; la hizo entrar a la mansión Montenegro como si aún tuviera control sobre cada uno de sus movimientos.
—Pensé que me ayudarías —dijo al fin.
Regina se quitó los guantes con lentitud.
—Eso estoy haciendo.
—No. Tú piensas entregarme.
—Pienso evitar que te destruyas más de lo que ya lo hiciste