Así que Adrián la sostuvo con cuidado, como si el peso de su cuerpo no fuera lo que temiera cargar, sino la confianza frágil que ella acababa de poner entre sus manos. La dejó sobre la cama sin apartarse demasiado, pero tampoco se inclinó sobre ella de inmediato. Permaneció allí, respirando con dificultad, esperando que Victoria cambiara de opinión, que levantara una mano, que pronunciara una sola palabra capaz de detenerlo.Victoria no lo hizo.Lo miró desde la almohada con una mezcla de deseo, miedo y dignidad que le apretó el pecho. No era la novia que había entrado temblando a su habitación la noche de bodas, intentando convencerlo y convencerse de que todo estaba bien. Tampoco era la mujer cansada que abandonó la mansión con el corazón lleno de cicatrices. Era alguien que todavía lo quería, aunque no quisiera quererlo, y esa contradicción hacía que Adrián deseara cuidarla más de lo que deseaba reclamarla.—Victoria —murmuró.—No preguntes otra vez si estoy segura.Él tragó saliva
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