Adrián pareció recuperar un poco de aire.
—Dame dos horas.
Victoria frunció el ceño.
—¿Dos horas?
—Sí. Busca un lugar lejos del hotel, toma café, compra ropa, camina si quieres, pero no regreses a la suite. Yo me encargo de mi madre y de Fernanda, arreglo nuestra salida y nos vemos en el aeropuerto privado.
Victoria lo miró como si intentara descifrar si hablaba en serio.
—¿Nuestra salida?
—París ya quedó invadido.
Aquella frase, dicha con una seriedad casi dolorosa, le arrancó a Victoria una e