No sabía si debía creerle a Adrián cuando le había pedido dos horas como si ese tiempo pudiera pesar más que tres años de abandono. Entró a una pequeña boutique sin pensarlo demasiado, no porque quisiera comprar algo, sino porque necesitaba un lugar donde respirar sin sentir que el mundo entero la miraba. La dependienta la saludó con cortesía y Victoria respondió apenas con un movimiento de cabeza antes de recorrer los percheros con una calma que no sentía.Eligió un vestido sencillo, un abrigo ligero y zapatos cómodos, como si cambiarse de ropa pudiera ayudarla a recuperar el control que había perdido desde que Regina cruzó aquella puerta. Cuando salió del probador y se miró al espejo, no vio a una mujer perdonando, sino a una mujer cansada que, aun así, descubrió algo que la inquietó más que la tristeza: ilusión.Era pequeña, imprudente, casi vergonzosa, pero allí estaba. Esa mañana había jurado marcharse y, sin embargo, una parte de ella estaba esperando que Adrián cumpliera, que l
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