Así que Adrián la sostuvo con cuidado, como si el peso de su cuerpo no fuera lo que temiera cargar, sino la confianza frágil que ella acababa de poner entre sus manos. La dejó sobre la cama sin apartarse demasiado, pero tampoco se inclinó sobre ella de inmediato. Permaneció allí, respirando con dificultad, esperando que Victoria cambiara de opinión, que levantara una mano, que pronunciara una sola palabra capaz de detenerlo.
Victoria no lo hizo.
Lo miró desde la almohada con una mezcla de deseo