La mañana empezó con dos voces pequeñas discutiendo por una estrella plateada.No por un juez.No por un padre.No por una abuela, una patrulla o una denuncia.Por una estrella.Y para Elena, ese detalle fue casi insoportable de hermoso.Sofía estaba sentada en la alfombra del salón con las piernas cruzadas.Mateo, frente a ella, sostenía una hoja azul llena de estrellas mal recortadas.El gato dormía dentro de la fortaleza de cojines como si le hubieran asignado oficialmente la custodia del lugar.—Esa no —decía Sofía—. Esa está chueca.—No está chueca —protestó Mateo—. Está rápida.Lucía, desde la cocina, soltó una risa.—Definición perfecta de casi todo en esta casa.Elena se quedó apoyada en el marco del pasillo, mirándolos.No hablaban como amigos viejos.No todavía.Hablaban como niños que descubren, con alivio raro, que el otro entiende el mismo tipo de vacío.Eso bastaba.Por ahora, bastaba.Rodrigo llegó antes de las nueve.Traía un portafolio más delgado que los días anterio
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