ÁngelaDos semanas pasaron envueltas en una monotonía casi desesperante. Los días se sucedían con un ritmo lento y tedioso. Sin embargo, bajo aquella aparente calma, mi cabeza no dejaba de dar vueltas al beso sensual que Gabriel y yo nos dimos esa noche en su despacho.Cada mañana, una taza de café aparece sobre mi escritorio (no puedo tomarlo al ser con cafeína). Mi mente ya lo sabe; es Gabriel quien lo deja allí, pero él en ningún momento lo ha confirmado. La nueva rutina de ese hombre es que apenas sale de su despacho y, cuando lo hace, casi siempre es para hablar con Octavio o con Clara, su secretaria. Conmigo solo intercambia las palabras imprescindibles, todas relacionadas con el trabajo.'¿No era eso lo que querías, Ángela? Mantener las distancias.'Sí. Era exactamente eso. Entonces, ¿por qué esa frialdad me pesa tanto?Cada vez que la puerta de su despacho se abre, levanto la vista casi por instinto para verlo caminar por la oficina con esa seguridad casi insultante. Ese homb
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