**AMARA**El aire de la mansión estaba cargado de una estática eléctrica que me erizaba el vello de la nuca. Sus brazos, anchos y duros como vigas de acero, me inmovilizaban contra su pecho, y el ritmo frenético de su corazón contra mis dedos desnudos era el único tambor de guerra que necesitaba. Me dejó sobre la cama de la suite principal, un espacio sobrio, inmenso y frío que mi sola presencia estaba a punto de incendiar.—Siéntese ahí, Amara —mascó Magnus, su voz saliendo como un escofinado de metal rústico mientras se deshacía de su americana con movimientos secos—. Y no se mueva. Voy a buscar una toalla y algo de whisky antes de que decida si entregarla a la policía o meterla en un contenedor de basura camino a las afueras.Solté una risa limpia, afilada como un bisturí, mientras me quitaba las botas empapadas de lluvia.—Qué carácter, señor magnate —provocé, dejando que el jean ajustado se marcara todavía más al arquear la espalda con pura picardía—. Pero ambos sabemos que no va
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