**AMARA**
El aire de la mansión estaba cargado de una estática eléctrica que me erizaba el vello de la nuca. Sus brazos, anchos y duros como vigas de acero, me inmovilizaban contra su pecho, y el ritmo frenético de su corazón contra mis dedos desnudos era el único tambor de guerra que necesitaba. Me dejó sobre la cama de la suite principal, un espacio sobrio, inmenso y frío que mi sola presencia estaba a punto de incendiar.
—Siéntese ahí, Amara —mascó Magnus, su voz saliendo como un escofinado