Savannah Montgomery El vapor de la ducha seguía impregnado en las paredes de mármol del baño, un eco de la intensidad que acababa de consumirnos. Kaelen, con esa mirada todavía cargada de una posesividad embriagadora, me ayudó a limpiar los restos de nuestra entrega bajo el chorro de agua fría, un contraste que hizo que mi piel se erizara y mis sentidos se despabilaran a la fuerza. No intercambiamos palabras, solo gestos un roce de dedos, una mirada que decía más que mil sentencias. Él me vistió con un movimiento experto, casi como si mi cuerpo fuera un maniquí que solo él tenía derecho a vestir, antes de que ambos saliéramos de la habitación, caminando hacia el corazón de la mansión. Al llegar al comedor principal, la escena me detuvo en seco. Benedict ya estaba allí, moviéndose con la precisión de un hombre que tiene el control absoluto de su entorno. Había preparado la mesa con una elegancia impecable; el aroma del café recién hecho y de los panqueques con sirope inundaba el am
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