Capitulo 2

Enzo

El frío de Chicago me cala hasta los huesos. Me saco el abrigo y me lo ajusto más al cuerpo mientras bajo de la camioneta e ingreso a la casa de Edoardo. El viejo nos está esperando en la entrada con una sonrisa de satisfacción. Lo acompaña su segundo al mando, Roco, un tipo un poco más joven que él, pero igual de repulsivo.

—Don, bienvenido a mi hogar —saluda con una reverencia, a la cual Antonio responde con un leve asentimiento.

—Mi futuro yerno —dice, girándose hacia mí con la mano extendida.

Le estrecho la mano solo para evitar un problema apenas llegando, pero lo que realmente quiero es meterle un tiro en la frente por obligarnos a pasar por esta situación. Su segundo al mando también nos saluda.

—Pasen —nos indica, guiándonos hacia la sala principal de la casa—. Mi esposa ya está bajando con la novia —nos informa mientras tomamos asiento.

—Primero, queríamos aclarar algunas cosas —interviene Antonio—. Queremos que esto sea rápido y sencillo, nada de fiestas extravagantes.

Edoardo suelta una risa sarcástica.

—¡Por favor, Don! ¡Es mi hija mayor la que se casa! No es una cualquiera; mi familia quiere celebrar esto.

No puedo contener el bufido que se me escapa.

—Esto es una transacción comercial, Edoardo. La estás vendiendo —espeto, molesto—. No es una celebración de amor.

Antonio se aclara la garganta y me lanza una mirada de advertencia. Respiro hondo para controlarme.

—Tienes razón, Butcher —responde Edoardo, inclinándose en su asiento hacia mí, con la mirada afilada, sin perder su estúpida sonrisa y usando un tono cortante al pronunciar el apodo por el que se me conoce en los rincones más oscuros de nuestro mundo—. Esto es un negocio, y te aseguro que te estás llevando mercancía de primera calidad.

Siento náuseas al escucharlo hablar de su propia hija de esa manera. Nadie en esta habitación tiene escrúpulos, pero al menos de nuestro lado hay límites. No me imagino a Antonio hablando así de nuestra principessa.

—La ragazza es lo mejor que Chicago tiene para ofrecer —interviene su segundo al mando—. Muchos aquí querían cerrar un trato por ella.

—Incluyéndote a ti, por lo que tengo entendido —respondo con arrogancia, dejándoles claro que a nosotros no se nos escapa nada.

El hombre se ríe con ironía.

—No puedes culparme, Romano. El viejo no miente cuando te dice que es la mejor pieza que tenemos; es la joya de nuestra corona. Además, ya pasó la edad óptima para el matrimonio; teníamos que actuar.

—¿De qué demonios estás hablando? Es una bambina; ni siquiera tiene veinte años.

—Demasiado mayor en nuestro mundo, y lo sabes. Los años para que una mujer dé una buena descendencia están contados; hay que aprovechar. Además, la carne tierna siempre es más dulce.

En ese momento traen a la chica a la sala, y el bastardo tenía razón: era realmente hermosa.

Me ofrece su mano y la tomo, plantando un beso en el dorso como el caballero que no soy.

—Pronto será Arianna Romano —interrumpe su padre.

La chica vuelve a bajar la mirada, intentando ocultar su sonrojo.

—Bueno, ahora que estamos todos aquí, finalicemos los detalles —declara el viejo, y regresamos a nuestros asientos.

La chica se sienta a mi lado por indicación de su madre, y empiezo a desesperarme porque no deja de retorcerse las manos.

—Como dijimos, queremos algo pequeño y rápido —repite Antonio.

Me siento como un adolescente cuando él es quien tiene que hablar por mí.

—Será rápido —asiente Edoardo—, pero no pequeño. Quiero que la boda de mi hija resuene en todas partes.

«Idiota».

—De acuerdo —concede Antonio, y le lanzo una mala mirada, pero él me levanta una ceja.

Cuando salga de aquí, voy a necesitar encerrarme en una jaula a pelear para poder drenar toda la rabia que estoy conteniendo.

—Una semana —propongo. Quiero terminar con esto rápido.

Su esposa ahoga un jadeo al escucharme.

—Disculpe, señor —interviene ella—, pero una boda no se puede organizar en una semana.

—Bueno, tendrá que ingeniárselas.

Su esposo la mira con odio, lanzándole puñales con los ojos, supongo que por tener la audacia de hablarme sin permiso.

—Un mes —propone él.

—Dos semanas, y es mi última oferta.

El viejo resopla con desagrado. Mira a Antonio, pero está seguro de que él no me desautorizará, aunque se queje de ello más tarde.

—De acuerdo —acepta Edoardo—, pero la ceremonia se hará a nuestro modo, siguiendo nuestras tradiciones. —Lo miro con los ojos entrecerrados; sé que está a punto de decir una estupidez—. Pasarán la noche de bodas aquí. Quiero que nuestros invitados verifiquen que mi hija es pura.

La chica se remueve incómoda a mi lado.

—No voy a exhibir sábanas manchadas como si esto fuera un matadero. Eso es absurdo.

—Es nuestra prueba de que se guardó para ti.

—¡Ya me diste el maldito informe que lo demuestra! Eso no es necesario.

—Lo es. Podrías alegar que te engañamos, que lo falsificamos o que la bambina se escapó con alguien más antes de la boda.

—Eso no va a pasar. No me interesa que tus sádicos invitados vean su sangre. No tienen nada que verificar. Es más que suficiente si lo verifico yo.

La chica a mi lado parece un avestruz; debe de estar muriéndose de la vergüenza. Estamos discutiendo su intimidad, su cuerpo, como si fuera un objeto. Su padre intenta decir algo más, pero Antonio interviene:

—No haremos eso, Edoardo. No insistas.

—Por supuesto, ustedes siempre pisoteando nuestras tradiciones. ¿Qué se podía esperar cuando la Reina de la organización ni siquiera es italiana?

—No te atrevas a hablar de mi esposa, o te juro por Dios que me largo —advierte Antonio en ese tono que no admite discusión.

—Nuestra Reina tiene más huevos que tú, Edoardo —me burlo—. Atrévete a decir algo en su contra y descubrirás por qué me llaman el Verdugo.

El viejo traga saliva con dificultad; sabe que ninguno de los dos está bromeando.

—Les pido una disculpa, caballeros, no quise ofenderlos —tiene la decencia de disculparse.

—Bien. Entonces no hay nada más que discutir. —Antonio me hace una seña y entiendo lo que tengo que hacer.

Spiro hondo para armarme de valor y meto la mano en mi bolsillo para sacar la pequeña caja negra. La respiración de la chica a mi lado se vuelve errática, y tengo que desviar la mirada para no distraerme con el subir y bajar de sus pechos.

Saco el anillo de diamantes, tomo su mano temblorosa y sudorosa, y lo coloco en su dedo. Edoardo golpea la mesa de centro en señal de celebración.

—Te estás llevando una esposa excelente, Romano —dice con orgullo—. Una mujer dócil, obediente, entrenada para complacer a su esposo y lista para darte hijos.

¿Hijos?

La sola mención de la palabra me pone la piel de gallina. Este no es un matrimonio real y nunca lo será. Esto es solo un pacto, una fachada. Nunca tocaré a esta chica, ella nunca será mi esposa y, ciertamente, nunca me dará hijos. ¡Jamás!

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