Arianna
Me quedé helada cuando sentí las yemas de sus dedos rozar la piel desnuda en la parte superior de mi columna. El toque fue ligero, casi a modo de prueba, pero me envió un escalofrío por los brazos que me llegó directo al estómago. Siguió la curva de mi espalda, delineando cada relieve de mi columna hasta que su mano se posó contra la obstinada hilera de botones que mantenía unido mi vestido.
—Has estado sufriendo dentro de esta cosa toda la noche —murmuró, con su voz profunda y exaspera