El pequeño Leo era, sinceramente, un amor de persona. Tenía una sonrisa maravillosa que iluminaba los rincones fríos del ático y un carisma inigualable que me hacía olvidar, por momentos, el torbellino de traiciones que me había traído hasta aquí. Los días pasaban más rápido de lo que creía. Cada mañana, al verlo agitar sus pequeñas manos en la cuna de madera oscura, me sentía más cerca de él. Estar lejos de la oficina, del aire viciado por la envidia de Débora y la presencia asfixiante de Benjamín, me hacía sentir animada, casi libre. Sin embargo, el peso de la realidad no desaparecía; sabía que tarde o temprano tendría que volver al edificio Turner y enfrentar los restos de mi vida anterior. —Señora Turner, su esposo está en el teléfono —dijo Camila, la mucama, mientras sostenía a Leo en brazos. El título de "Señora Turner" me provocó un escalofrío en la nuca. Dejé al bebé en su cuna y caminé hacia la mesa de centro. Tomé el auricular de cuero. Christian sonaba agotado; su voz ro
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