El bastón del abuelo Turner contra el suelo de mármol de la mansión marcó el inicio de una ejecución. No hubo preámbulos. El viejo avanzó hacia el centro del salón minimalista, seguido por tres hombres vestidos con batas blancas y maletines metálicos de cierre hermético. El aire de la estancia, que antes olía al perfume cítrico de Christian, se llenó de un hedor antiséptico que me revolvió el estómago. Christian se puso de pie junto a la cuna de madera oscura. Sus hombros se tensaron bajo la camisa blanca y sus nudillos perdieron el color al apretar el respaldo de una silla. No habló y mantuvo la vista fija en su abuelo, evaluando la amenaza. —Dudo de tu palabra, Christian, y dudo aún más de la procedencia de ese niño —sentenció el abuelo Turner, señalando a Leo con la punta de su bastón—. Si Paula Kiraman es realmente la madre biológica, su sangre no tendrá reparos en demostrarlo ante mis propios médicos. Christian dio un paso adelante, invadiendo el espacio del patriarca. Su pre
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