El sonido del viejo reloj de pared de mi cocina marcaba el paso del tiempo con una lentitud que me torturaba y que me taladraba los nervios desbocados en medio de la penumbra.Pasan las primeras dos semanas sin el menor contacto entre ambos, catorce días eternos de un aislamiento cercado y absoluto que transformó mi rutina diaria de la oficina, en un desierto emocional, que me impedían poner en funcionamiento a mi mente creativa y astuta. Durante este período de ausencia forzada, el rincón de mi viejo departamento del sector norte recuperó su frialdad habitual, desprovisto de toda el éxtasis y del calor abrasador que dominaban el rascacielos residencial.Para afrontar el trago amargo de esta noche de tormenta, me había colocado un suéter holgado de lana gris y un pantalón de punto sencillo, buscando en el vestuario básico un escudo invisible que calmara la piel de gallina que me cubría los brazos de forma constante.La falta de mensajes o llamadas en mi teléfono celular, operaba en m
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