El sonido del viejo reloj de pared de mi cocina marcaba el paso del tiempo con una lentitud que me torturaba y que me taladraba los nervios desbocados en medio de la penumbra.
Pasan las primeras dos semanas sin el menor contacto entre ambos, catorce días eternos de un aislamiento cercado y absoluto que transformó mi rutina diaria de la oficina, en un desierto emocional, que me impedían poner en funcionamiento a mi mente creativa y astuta. Durante este período de ausencia forzada, el rincón de