Mundo ficciónIniciar sesiónEl segundero del reloj de mi pared avanzaba con una lentitud que me tortuaba. Eran las siete y veinticinco de la noche del sábado. Llevaba más de una hora caminando de un lado a otro sobre la alfombra gastada de mi sala, desgastando los tacones de mis zapatos nuevos y preguntándome, por milésima vez, en qué clase de locura autodestructiva había invertido los últimos ahorros de mi vida. Frente al espejo del pasillo, me detuve a mirarme.
El vestido que había elegido era mi última arma de guerra. Era un diseño largo, de satén negro, que se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel. Tenía un escote sutil pero elegante en la espalda y una abertura lateral en la pierna derecha que revelaba la cantidad justa de piel cada vez que daba un paso. Me había recogido el cabello en un moño alto, dejando unos mechones sueltos para enmarcar mi rostro, y mis labios estaban pintados de un rojo intenso, el color de la guerra.
Físicamente, parecía una mujer segura de sí misma, lista para devorarse el mundo. Por dentro, era un manojo de nervios flotando en un mar de dudas. ¿Y si Ezra no aparecía? ¿Y si todo había sido una e****a y el tipo se había largado con mis cinco mil dólares a reírse de mi ingenuidad en algún bar de mala muerte? Durante los últimos tres días, no había recibido ni un solo mensaje suyo. Le había enviado la dirección de mi edificio el jueves por la mañana y lo único que obtuve como respuesta fue un escueto e impersonal, “Recibido, estaré allí”.
—Si me dejó plantada, juro que lo buscaré en esa torre y lo destruiré con mis propias manos —murmuré para mí misma, apretando los puños. El sonido estridente de mi teléfono rompió el silencio de la sala. Di un brinco, busqué el aparato dentro de mi bolso de mano y miré la pantalla. Era un número desconocido, el mismo que él había anotado en aquel papel fino con su impecable caligrafía. Contesté de inmediato, tratando de respirar hondo para que mi voz no delatara mis nervios.
—¿Hola?—Estoy abajo, Bianca —la voz de Ezra resonó al otro lado de la línea, profunda, ronca y con esa cadencia pausada y aristocrática que me había erizado la piel en su oficina—. El acceso a tu calle está un poco congestionado, pero mi chofer está estacionado justo frente a la entrada principal de tu edificio. No te hagas esperar.
Antes de que pudiera reclamarle por su tono mandón, la línea se cortó. Me quedé mirando el teléfono parpadeando, indignada. “¿Su chofer?”, pensé, frunciendo el ceño. “Vaya, la agencia de acompañantes realmente se toma en serio el presupuesto de utilería. Hasta le asignan chofer a sus actores para que parezcan importantes”.
Guardé el teléfono, tomé mi abrigo largo de lana negra y salí de mi departamento. Mientras bajaba en el viejo y ruidoso ascensor de mi edificio de clase media, repasé mentalmente las reglas. Esta noche yo era la jefa. Él era un empleado al que le estaba pagando una fortuna para cumplir mis órdenes. No podía dejarme intimidar por su presencia física ni por su actitud arrogante. Cuando las puertas de la planta baja se abrieron, caminé por el vestíbulo y empujé la puerta de cristal hacia la calle. El aire fresco de la noche me golpeó el rostro, pero me quedé helada a mitad de la acera.
Estacionado justo frente a mi modesto edificio, bloqueando medio carril y llamando la atención de todos los vecinos que se asomaban por las ventanas, había un auto de ultra-lujo. Un sedán negro blindado, de una marca que solo los multimillonarios reales o los diplomáticos podían costear. La pintura brillaba bajo las farolas de la calle como si fuera cristal líquido. Un hombre maduro, vestido con un traje de chofer impecable y guantes blancos, estaba de pie junto a la puerta trasera.Al verme salir, el chofer hizo una reverencia sutil y abrió la puerta trasera del vehículo.
Tragué saliva, obligando a mis piernas a avanzar. Cuando me acerqué lo suficiente para mirar hacia el interior del auto, el corazón se me detuvo. Ezra estaba sentado allí, revisando unas gráficas en una pantalla digital. Al sentir mi presencia, apagó el dispositivo y levantó la mirada. Si en su oficina me había parecido guapo, esta noche rozaba lo irreal.
Llevaba un esmoquin negro clásico que se amoldaba a la perfección a sus hombros anchos y atléticos. La camisa blanca era de una tela tan fina que parecía destellar, y el corbatín negro estaba perfectamente alineado. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás con precisión, resaltando sus facciones afiladas y esa mandíbula tensa que siempre parecía estar calculando un movimiento millonario.
Me miró fijamente durante lo que parecieron los cinco segundos más largos de mi vida. Sus ojos grises, oscuros por la penumbra del auto, recorrieron mi silueta, deteniéndose un instante de más en la abertura de mi vestido negro y en el rojo de mis labios. Sentí que una oleada de calor me subía por el cuello.
—Sube —dijo con voz suave, pero con un tono que no admitía réplicas. Entré al auto y me deslicé sobre los asientos de cuero italiano, que olían a nuevo y a ese perfume masculino de madera y ámbar que ya reconocía. El chofer cerró la puerta desde afuera, aislando por completo el ruido de la ciudad. El ambiente dentro del auto era tan silencioso y sofisticado que me sentí abrumada.
—Buenas noches a ti también, Ezra —dije, cruzando las piernas y asegurándome de que la abertura de mi vestido mostrara suficiente actitud—. Veo que la agencia no escatima en gastos de producción. El auto es impresionante. Casi me creo que eres un magnate real. Ezra arqueó una ceja, mirándome de reojo mientras el auto comenzaba a avanzar suavemente por las calles de la ciudad. Una pequeña sonrisa irónica se dibujó en la comisura de sus labios.
—En los negocios, Bianca, la primera impresión lo es todo —respondió él, acomodándose los puños de la camisa—. Si voy a interpretar al hombre que te robó el corazón y te rescató de la mediocridad de tu ex, no puedo llegar en un taxi común, ¿no crees? Tu exnovio debe sentirse humillado desde el momento en que nos vea bajar del vehículo.
—Veo que te estudiaste el guion —repliqué, tratando de ocultar lo mucho que me afectaba su cercanía. El espacio en el asiento trasero era amplio, pero su presencia llenaba todo el lugar—. Pero recuerda, hay una línea muy delgada entre ser un prometido protector y ser un arrogante insufrible. Esta noche la estrella soy yo. Tú eres mi accesorio de lujo. Ezra soltó esa risa grave y baja que tanto me molestaba porque me ponía los pelos de punta. Se inclinó un poco hacia mí, reduciendo la distancia entre nuestros cuerpos. Su mirada descendió a mis manos, que estaban apretando firmemente mi bolso de mano sobre mi regazo.
—Estás nerviosa —afirmó, no como una pregunta, sino como un hecho.
—No lo estoy —mentí, levantando la barbilla.
—Tus manos dicen lo contrario —replicó él, estirando su mano larga y de dedos estilizados. Sin pedir permiso, colocó su palma sobre mis manos. Su tacto era cálido, firme y transmitía una seguridad tan abrumadora que, por un segundo, olvidé cómo respirar. Quise retirar mis manos por puro orgullo, pero él aplicó una ligera presión, deteniéndome.
—Escúchame bien, Bianca —susurró, mirándome a los ojos con una intensidad que me nubló los pensamientos—. Si vamos a hacer esto, tenemos que hacerlo real. El círculo social al que vamos esta noche es como un nido de víboras. Si tu exnovio o cualquiera de sus amigos nota que dudas, que pestañeas o que te incomoda mi tacto, la farsa se caerá en un segundo. Así que a partir de este momento, dejas que yo tome el control.
—Te recuerdo que yo te estoy pagando a ti, Ezra —le siseé, tratando de recuperar mi postura de jefa, aunque el calor de su mano sobre la mía me estaba distrayendo por completo.
—Y yo voy a darte un espectáculo que vale diez veces más de lo que pusiste en ese sobre, pequeña diseñadora —respondió él, apartando la mano con lentitud, dejándome una sensación de frío repentino—. Solo mantén tu papel. Eres mi mujer esta noche. Actúa como tal. El resto del trayecto transcurrió en un silencio cargado de electricidad. Yo miraba por la ventana, viendo cómo los edificios familiares de mi vecindario daban paso a las avenidas exclusivas de la zona alta de la ciudad.
Mi mente era un caos. Me repetía a mí misma que Ezra era solo un actor, un hombre que hacía esto por dinero, pero la forma en que se movía, la autoridad natural con la que hablaba y el peso de su mirada me hacían dudar a cada segundo. Había algo en él que simplemente no encajaba con la idea de un profesional de alquiler. Finalmente, el auto se detuvo. Miré por la ventana.
Estábamos frente a la entrada principal del Hotel Vardan Royal. El edificio era un rascacielos imponente de cristal iluminado con luces arquitectónicas doradas. Una alfombra roja se extendía desde la acera hasta las enormes puertas giratorias de la entrada. Decenas de autos de lujo estaban estacionados en fila y la prensa local, junto con fotógrafos de revistas de sociedad, se agolpaban detrás de las vallas de seguridad. El corazón me dio un vuelco salvaje. Habíamos llegado.
En algún lugar dentro de ese lujoso salón, Cristhian y Vanessa estaban celebrando su boda, listos para burlarse de mi ausencia o de mi miseria. El chofer bajó del auto y abrió mi puerta. Sentí un mareo repentino por los nervios, pero antes de que pudiera moverme, Ezra ya había bajado por su lado y rodeado el auto. Se detuvo frente a mí, ofreciéndome su mano. Bajo la luz dorada de la entrada del hotel, su figura vestida de esmoquin parecía sacada de una revista de modas.
Sus ojos grises me miraban con una calma absoluta, desafiante, como si la multitud y las cámaras no significaran nada para él. Tomé su mano y bajé del auto. El roce de su palma me devolvió la tierra. Justo cuando puse ambos pies en la alfombra roja, Ezra pasó su brazo derecho alrededor de mi cintura, pegándome firmemente a su costado con un gesto posesivo y seguro que me dejó sin aliento. Su mano se asentó en la curva de mi cadera, cálida y firme, reclamándome ante el mundo.
—Sonríe, Bianca —me susurró al oído, su aliento rozando mi piel y provocándome un escalofrío—. El espectáculo acaba de comenzar.
Caminamos juntos sobre la alfombra roja hacia la entrada del hotel. Con cada paso que dábamos, sentía el peso de su cuerpo junto al mío, la fuerza de su brazo protegiéndome y esa inquebrantable seguridad que, por primera vez en meses, me hizo sentir que no estaba sola en esta batalla. Mi exnovio pensaba que me había dejado en la ruina, pero estaba a punto de descubrir que había cometido el peor error de su vida.







