El penthouse del St. Regis era un altar al minimalismo y al poder, pero para Dimitrios Korpis se sentía esa noche como una celda de lujo. Tras el altercado en la galería, la adrenalina seguía recorriendo su sistema, una marea negra que no le permitía concentrarse en los informes que Theo le lanzaba sobre la mesa de caoba. Dimitrios se servía el tercer whisky puro, ignorando el hielo, mientras observaba las luces de Manhattan desde el ventanal. Su mente, traicionera, volvía una y otra vez a la bóveda, al tacto de la falda de Elena, al sabor de su rabia y a la imagen de ella, todavía con el pulso acelerado tras el enfrentamiento. Quería castigarla, quería romper su resistencia, pero para eso primero debía calmar la bestia que ella había despertado en su interior, un deseo que se había convertido en una obsesión punzante. —Estás a punto de perforar un agujero en el piso de tanto caminar, Dimitrios —la voz de Theo, cargada de una diversión que irritaba al magnate, resonó en la esta
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