GraceHice una mueca y se me escapó un pequeño quejido cuando el antiséptico tocó el corte de mi frente. Ardió, pero más que el dolor, me sorprendió la delicadeza con que me trataba.Apollo, el hombre que yo creía hecho de hielo y piedra, me curaba la herida con un cuidado que jamás pensé que fuera capaz de mostrar. Movía las manos con precisión, como si yo fuera de cristal.Por un momento, no supe cómo reaccionar.Me había convencido de que, si venía aquí esa noche, solo sería sexo. No habría ternura ni nada después. Creí que tomaría lo que quería y todo se acabaría. Pero ahora yo estaba sobre su escritorio mientras él me limpiaba el corte de la frente con un algodón suave y tiraba cada algodón ensangrentado en el cesto que estaba a su lado, sin decir una palabra.Me quedé mirando sus manos.Tenía callos en los dedos, y las venas gruesas se marcaban en el dorso de sus manos. Llevaba las mangas recogidas hasta los antebrazos; la tela oscura los dejaba al descubierto. Era eso por lo que
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