ApolloEstaba frente a los ventanales de mi oficina. La ciudad se extendía a mis pies como un cuadro que ya me aburría. En el cristal apenas se dibujaba mi silueta, con las manos en los bolsillos, la corbata floja y la mandíbula tensa.Detrás de mí, una voz conocida rompió el silencio.—Señor Reed.No me volví enseguida. Ya sabía quién era. Cuando por fin miré, Austin esperaba junto a la puerta, ya dentro de la oficina, y mantenía la cabeza un poco inclinada.—Señor Reed —repitió, ya erguido.Lo examiné. Las arrugas alrededor de sus ojos parecían menos marcadas y había recuperado algo de color. Aun así, tenía cincuenta y ocho años; no debería estar allí.—¿Puede conducir? —pregunté sin alterar el tono—. Debería descansar un tiempo más.Austin sonrió y negó con la cabeza.—No tiene que preocuparse por mí, señor Reed. El doctor ya me dio de alta. Puedo conducir, caminar y hacer todo lo de antes. Estoy bien, señor.Como no respondí, continuó:—Además, si no lo llevo, no irá a la fiesta.—
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