Los flashes de las cámaras me cegaron apenas bajamos de la limusina frente al Museo de Arte Contemporáneo.Normalmente, el asedio de los paparazzi me habría puesto nerviosa. Esta noche, apenas los notaba. Toda mi concentración, toda mi cordura, estaba reducida al pequeño e implacable zumbido mecánico que latía en el fondo de mis entrañas.Aleksei caminaba a mi lado, impecable y letal en su esmoquin de terciopelo. Su mano descansaba con posesividad en la parte baja de mi espalda desnuda, guiándome por la alfombra roja. Por fuera, éramos la pareja más poderosa e intocable de la ciudad.Pero por dentro, el auricular oculto bajo mi cabello cobró vida con un chasquido de estática.—Sonríe, perra.La voz de mi esposo sonó directamente en mi canal auditivo, grave, rasposa y obscena, en un contraste brutal con la música clásica que nos rodeaba.—Eso es, —continuó Aleksei, mientras yo forzaba mis labios a curvarse hacia las cámaras—. Quiero que todos estos idiotas estirados te miren y babeen.
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