La mano de Yerald seguía aferrada a mi muñeca cuando, de pronto, pareció recordar dónde estaba y quién era. La soltó con la misma rapidez con la que me había sujetado, dando un paso atrás como si mi piel le hubiera quemado los dedos.
—Discúlpeme —dijo, con la voz ronca, recobrando esa frialdad que tanto le costaba mantener—. No debí... Me dejé llevar por la situación.
No respondí de inmediato. Me froté la muñeca con la otra mano, no porque me hubiera lastimado, sino porque aún sentía el calor d