Inicio / Romance / EL CONTRATO DE LAS CENIZAS / CAPÍTULO 6: REGLAS Y DESCONFIANZA
CAPÍTULO 6: REGLAS Y DESCONFIANZA

La mano de Yerald seguía aferrada a mi muñeca cuando, de pronto, pareció recordar dónde estaba y quién era. La soltó con la misma rapidez con la que me había sujetado, dando un paso atrás como si mi piel le hubiera quemado los dedos.

—Discúlpeme —dijo, con la voz ronca, recobrando esa frialdad que tanto le costaba mantener—. No debí... Me dejé llevar por la situación.

No respondí de inmediato. Me froté la muñeca con la otra mano, no porque me hubiera lastimado, sino porque aún sentía el calor de su contacto grabado en la piel, una sensación tan extraña como inoportuna.

—Le devolveré lo que tomé de la caja —dije finalmente, eligiendo mis palabras con cuidado—. Pero no porque crea que tengo algo que ocultar, sino porque no quiero darle más motivos a su socio para seguir sembrando dudas sobre mí.

Yerald me observó largo rato, como si intentara descifrar si mis palabras escondían alguna trampa. Al final, asintió secamente.

—Hágalo. Y a partir de ahora, evite quedarse a solas en la biblioteca o en cualquier zona privada de la casa sin avisar a algún miembro del servicio. No es una sugerencia.

—Entendido —respondí, aunque por dentro sentía que cada palabra suya era un recordatorio más de que, para él, yo seguía siendo una sospechosa con derecho a habitación y comida.

Salí del despacho con el corazón todavía agitado, no solo por la tensión del momento, sino por algo más profundo que no quería nombrar. Esa noche, antes de dormir, guardé las fotografías y las cartas en el fondo de mi maleta vieja, la única cosa de mi antigua vida que aún conservaba intacta. El medallón ya no estaba en mi poder, Ximena se había encargado de eso, pero las fotos y las cartas eran mías, y no estaba dispuesta a entregarlas tan fácil. Solo le di a Yerald una copia de la carta sin firma, la menos comprometedora, como gesto de buena voluntad. El resto, lo escondí donde nadie pensaría en buscar.

Los días que siguieron trajeron consigo una nueva rutina, más estricta que la anterior. Una mañana, la señora Ferreira, el ama de llaves, me entregó un papel doblado con una lista impresa.

—El señor Valtierra pidió que se le entregara esto —dijo, sin mirarme a los ojos—. Son las normas de la casa. Es importante que las respete.

Leí el documento en mi habitación. Horarios fijos para las comidas, zonas restringidas sin compañía, prohibición de recibir visitas externas sin autorización previa, y un punto que me hizo apretar los labios con resignación, toda correspondencia que llegara o saliera de la mansión debía pasar primero por el despacho de Yerald. Comprendí entonces que aquella conversación en su despacho no había sido solo una advertencia verbal, sino el inicio de una vigilancia silenciosa y meticulosa sobre cada paso que yo diera.

Aun así, intenté no dejarme abatir, me concentré en lo que realmente importaba, Thiago. Esa misma semana, el doctor Aranda, el cardiólogo que Yerald había contratado, llegó para la revisión previa a la operación.

—Todo marcha según lo esperado —nos explicó, revisando los resultados de los últimos exámenes—. El corazón de Thiago responde bien a la medicación preparatoria. Si todo sigue así, en dos semanas podremos programar la cirugía con total seguridad.

Sentí un alivio inmenso al escuchar aquello. Mi hijo, ajeno a toda la tensión que se respiraba en la mansión, corría por los jardines bajo la mirada atenta de una de las niñeras, riendo y jugando como cualquier niño de su edad. Verlo así, sano y feliz, le daba sentido a cada humillación que tenía que tragarme.

—Gracias, doctor —dije, con la voz quebrada por la emoción—. No tiene idea de lo que esto significa para nosotros.

—Es un placer, señora Valtierra —respondió él con amabilidad, y aunque ese apellido aún se sentía ajeno en mis oídos, por primera vez no me incomodó tanto escucharlo.

Esa tarde, mientras caminaba por el pasillo principal hacia mi habitación, escuché voces provenientes del salón de té. Me detuve discretamente al reconocer la voz de Ximena.

—No entiendo por qué papá sigue dándole tantas contemplaciones —decía ella, con ese tono cargado de desdén que ya conocía bien—. Deberíamos hacerle ver que aquí no es bienvenida. Que cada día que pase se sienta una extraña, hasta que ella misma decida marcharse antes de que termine el contrato.

—Ximena, eso podría traer problemas —respondió otra voz, que reconocí como la de Carmen, una de las empleadas más jóvenes—. El señor Valtierra dejó claro que debe ser tratada con respeto.

—Respeto —repitió Ximena con una risa seca—. Lo que mi padre no sabe no le hace daño. Empecemos con cosas pequeñas, que se le pierdan objetos, que reciba mensajes equivocados, que se sienta observada todo el tiempo. Nada que se pueda probar, pero suficiente para que entienda su lugar.

Sentí un frío recorrerme la espalda. No me sorprendía la hostilidad de Ximena, pero escuchar el plan con tanta claridad, tan calculado, me hizo comprender que la guerra silenciosa apenas comenzaba. Me alejé sin hacer ruido, decidida a no darle el gusto de verme afectada, pero guardando cada palabra en la memoria, por si algún día las necesitaba.

Al llegar a mi habitación, encontré algo extraño sobre mi cama, mi pequeño costurero, el único objeto que había traído de mi antigua vida además de la maleta, estaba abierto, y algunas de mis cosas estaban desordenadas, como si alguien hubiera revisado cada rincón con prisa. Nada faltaba, al menos a primera vista, pero la sensación de invasión me dejó sin aliento.

Bajé corriendo hacia el despacho de Yerald, decidida a reclamar, pero al llegar encontré la puerta entreabierta. Me detuve antes de entrar, porque dentro escuché su voz, baja y tensa, hablando por teléfono.

—Sé lo que dijo Rodrigo, pero no quiero precipitarme —decía Yerald, con un tono que no había escuchado antes, casi de advertencia—. Si lo que sospecho sobre esa mujer y la familia Pierro es cierto, esto va mucho más allá de un simple matrimonio por contrato. Y si Elisa lo sabía y nunca me lo dijo... entonces hay alguien más en esta casa jugando un juego que ninguno de nosotros está viendo todavía.

Me quedé paralizada al otro lado de la puerta, con el corazón latiendo desbocado. Yerald sabía algo. Algo sobre los Pierro, algo sobre Elisa, algo que tal vez explicara por qué mi habitación había sido revisada esa misma tarde. ¿Y si no había sido Ximena, sino él mismo, buscando confirmar sus sospechas? Retrocedí lentamente, sin hacer ruido, comprendiendo que en aquella mansión nadie era completamente lo que parecía, y que el verdadero peligro no venía solo de quienes me odiaban abiertamente, sino de los secretos que todos, incluido Yerald, parecían guardar bajo llave.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP