Los días siguientes fueron extraños. Yerald salía temprano y volvía tarde, evitando cualquier encuentro que pudiera ser incómodo. Ximena se encerraba en su habitación y solo bajaba a comer cuando yo no estaba. La mansión, que ya era silenciosa, se había vuelto un lugar de pasillos vacíos y miradas esquivas.
Pero yo no podía permitirme el lujo de distraerme. El medallón seguía escondido en la biblioteca, y las cartas de Elisa, las que había encontrado antes, seguían sin aparecer, alguien las hab