Amanecía el día gris, la niebla cubría los jardines, y el aire olía a tierra mojada. Había dormido mal, como todas las noches desde que llegué a esta mansión, pero esta vez no era solo por las cartas desaparecidas o el medallón escondido, era por el recuerdo de sus dedos rozando los míos en la biblioteca, por la forma en que Yerald me había mirado. Thiago y yo nos estabamos alistando para salir hacia la consulta médica.
—Mamá, ¿me va a doler? —preguntó Thiago mientras lo ayudaba a ponerse los z