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CAPÍTULO 8: UN MOMENTO INESPERADO

Amanecía el día gris, la niebla cubría los jardines, y el aire olía a tierra mojada. Había dormido mal, como todas las noches desde que llegué a esta mansión, pero esta vez no era solo por las cartas desaparecidas o el medallón escondido, era por el recuerdo de sus dedos rozando los míos en la biblioteca, por la forma en que Yerald me había mirado. Thiago y yo nos estabamos alistando para salir hacia la consulta médica.

—Mamá, ¿me va a doler? —preguntó Thiago mientras lo ayudaba a ponerse los zapatos.

—No, mi vida —respondí, besando su cabeza—. Solo van a escuchar tu corazoncito.

Él asintió con seriedad, lo tomé de la mano y bajamos. La señora Ferreira me informó que el coche estaba listo, al menos en eso, Yerald cumplía su parte, pero en las noches, cuando el silencio se volvía ensordecedor, me preguntaba si eso era todo lo que él veía en mí, una obligación.

La consulta transcurrió con normalidad, el doctor Aranda revisó a Thiago y me aseguró que todo iba bien.

—En unas semanas podremos programar la cirugía —dijo.

Sentí un alivio inmenso, abracé a Thiago con fuerza, él sonrió y me pidió ir al parque.

—Claro, mi amor —respondí.

Pero al salir, el cielo se oscureció, una llovizna fina empapaba el asfalto, decidí volver a la mansión.

Thiago se durmió en el coche, lo observé por el espejo retrovisor y sentí una oleada de ternura tan fuerte que me dolía el pecho, era mi única razón para seguir adelante.

Llegamos y lo desperté con cuidado, caminamos hacia la entrada con su mano en la mía, y entonces el mundo se detuvo.

Thiago soltó mi mano y se llevó las manos al pecho.

—Mamá —dijo, con voz débil—. Me duele.

Lo vi palidecer, su rostro se volvió blanco, sus ojos se abrieron con sorpresa y luego se cerraron, su cuerpo se desplomó hacia adelante, y yo solo atiné a arrodillarme y atraparlo.

—¡Thiago! —grité—. ¡Thiago, no!

Su cuerpo estaba inerte, su respiración era superficial, lo acosté en el suelo y busqué su pulso. un latido débil, irregular, mi cuerpo se movió por instinto, le abrí la camisa y coloqué mis manos sobre su pecho. había aprendido maniobras de reanimación en el hospital, nunca pensé que tendría que usarlas con mi hijo.

—¿Qué está pasando?

La voz de Yerald llegó como un eco, no lo había visto salir, pero allí estaba, arrodillado a mi lado.

—Está inconsciente —respondí, sin apartar las manos—. Llama a una ambulancia. Ahora.

Yerald no dudó, sacó su teléfono y habló con rapidez, mientras tanto, yo seguía presionando su pecho. Una, dos, tres compresiones, luego una respiración de rescate.

—Vamos, Thiago —susurraba entre las compresiones—. Vamos, mi amor, no te vayas.

Mis manos no temblaban. eso fue lo primero que noté. el pánico no me había paralizado,algo dentro de mí, más fuerte que el miedo, se había apoderado de mi cuerpo.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó Yerald.

—Llama al doctor Aranda —dije—. Dile que se prepare y trae una manta.

Yerald corrió hacia el interior, volvió en menos de un minuto con una manta, la extendió sobre el suelo y ayudó a colocar a Thiago sobre ella.

—¿Lleva mucho tiempo así? —preguntó.

—No lo sé —respondí—. Se desmayó al llegar.

—Va a estar bien —dijo él, con firmeza—. Tú eres una madre fuerte y él es un niño fuerte, va a estar bien.

Sus palabras me llegaron como un bálsamo, levanté la vista y lo vi, sSu camisa empapada por la lluvia, sus ojos fijos en mí, me miraba a mí.

Las sirenas empezaron a oírse a lo lejos, la ambulancia llegó en minutos, y los paramédicos se hicieron cargo de Thiago, mientras lo subían a la camilla, no soltaba su mano.

—Voy contigo —dijo Yerald—. No te preocupes por nada.

Subí a la ambulancia, Yerald siguió en su coche, durante todo el trayecto, no aparté la vista del rostro pálido de mi hijo.

En el hospital, el doctor Aranda nos esperaba, lo llevaron a una sala de emergencias, me quedé fuera, apoyada contra la pared.

—Siéntate —dijo Yerald, apareciendo a mi lado con dos cafés—. Vas a necesitar fuerzas.

—No puedo —respondí, con voz rota—. Si me siento, me desmorono.

Él no insistió, se quedó a mi lado, en silencio, ofreciéndome su presencia sin palabras. Y en ese momento, lo necesité más que nunca.

Pasó una hora, quizás dos. Finalmente, el doctor Aranda salió con una sonrisa cansada.

—Está estable —dijo—. Fue un episodio de arritmia, lo hemos estabilizado, no será necesario operar hoy.

Un sollozo se escapó de mis labios, Yerald me ofreció su hombro y esperó a que el torrente se calmara.

—¿Puedo verlo? —pregunté.

—Por supuesto, pero solo unos minutos.

Entré y vi a Thiago dormido en la cama, con los monitores pitando suavemente, me senté a su lado y tomé su mano pequeña entre las mías, su respiración era tranquila, estaba vivo.

No sé cuánto tiempo pasé así, Yerald entró y se sentó en la silla de al lado, no hablamos, no era necesario.

Cuando el doctor nos pidió que nos fuéramos, me levanté con las piernas temblorosas, Yerald me tomó del brazo con suavidad.

—Vamos —dijo—. Te llevo a casa, mañana volverás a verlo.

—No puedo dejarlo.

—No lo estás dejando, está en las mejores manos, ven conmigo.

Le hice caso, cuando llegamos al coche, la noche había caído, subí y apoyé la cabeza contra el cristal.

Yerald no arrancó de inmediato, se quedó mirándome.

—Eres más fuerte de lo que imaginaba —dijo, en voz baja.

Levanté la vista.

—¿Qué?

—Lo que hiciste hoy —continuó—. Cuando Thiago se desmayó, no dudaste, no te paralizaste, actuaste con una calma que no había visto en nadie.

—Es mi hijo, cualquier madre haría lo mismo.

—No cualquier madre —insistió—. He visto a personas derrumbarse ante menos, pero tú... eres diferente.

Sus palabras me llegaron como una caricia, mi corazón se aceleró. Entonces, Yerald extendió la mano y tomó mi brazo con suavidad.

—Eres más fuerte de lo que imaginabas —repitió, en un susurro—. Y también más fuerte de lo que yo imaginaba.

Sus dedos se quedaron un instante sobre mi piel, no aparté la mano, no quería.

Y entonces, como si se hubiera dado cuenta de lo que hacía, Yerald retiró la mano y arrancó el coche, no dijo nada más, pero yo no necesitaba que hablara.

En aquel momento, supe que la forma en que Yerald me miraba había cambiado, ya no era solo un contrato, era algo más, que me daba miedo sentir, pero que también me llenaba de esperanza.

Llegamos a la mansión y entramos en silencio, antes de separarnos, me volví hacia él.

—Gracias —dije—. Por hoy, por todo.

Él asintió. Por un momento, sus ojos se encontraron con los míos en la penumbra, no hubo más palabras, pero en la mirada de Yerald Valtierra, por primera vez desde que llegué, vi algo que no esperaba, admiración.

Y esa noche, mientras me acostaba con el corazón aún latiendo con fuerza, supe que la frontera entre el deber y el deseo se estaba desdibujando, algo me empujaba hacia él, algo más fuerte que el contrato.

Algo que, quizás, ¿se llamaba amor?.

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