Inicio / Romance / EL CONTRATO DE LAS CENIZAS / CAPÍTULO 4: LA EXTRAÑA EN SU PROPIO HOGAR
CAPÍTULO 4: LA EXTRAÑA EN SU PROPIO HOGAR

Dos días después de la firma del contrato, un vehículo oficial de la familia pasó a buscar a Thiago y a mí para trasladarnos a la mansión Valtierra. Mi pequeño miraba todo por la ventanilla con ojos muy abiertos y llenos de curiosidad, las calles amplias, las casas grandes y, al llegar al destino, los altos árboles, los jardines bien cuidados y la imponente fachada principal de la residencia.

Yo, en cambio, sentía una opresión en el pecho que no lograba quitarme. Todo era demasiado grande, demasiado silencioso y, sobre todo, demasiado ajeno. Al cruzar la entrada principal, sentí que estaba entrando a un mundo al que no pertenecía, a pesar del papel que acababa de firmar.

Una empleada de mediana edad, seria pero educada, nos guió hasta el sector trasero de la vivienda, alejada de las habitaciones principales de Yerald y sus hijas.

—Aquí estarán cómodos —indicó la mujer mientras abría las puertas de las habitaciones—. Esta es la suya, y la del niño está justo al lado, con sus propios juguetes y ropa de cama. El señor Yerald ha dado órdenes de que se les atienda en todo lo necesario. Aquí tiene un folleto con las normas básicas de la casa, los horarios de comida, zonas permitidas y reglas de convivencia. Por favor, intente respetarlas para evitar malentendidos.

Cuando nos quedamos solos, Thiago corrió a tocar los muebles de madera pulida y a mirar por la ventana al jardín.

—Mamá, ¿viviremos aquí mucho tiempo? —preguntó con su voz dulce y un poco tímida.

—Solo hasta que te pongas completamente sano, mi vida —respondí, acariciándole el cabello con ternura—. Luego volveremos a nuestra casita, ¿vale? Esto es solo temporal.

Pero esa sensación de tranquilidad duró poco. A la hora del almuerzo, bajamos juntos al comedor principal, una estancia inmensa con una mesa larga que parecía hecha para recibir a decenas de personas. Allí estaban ya Yerald y Ximena. El silencio era tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo.

Yerald me saludó con un leve movimiento de cabeza, frío pero correcto, sin dedicarme una sonrisa ni una palabra amable. Ximena, en cambio, ni siquiera levantó la vista de su plato. Tenía una expresión cerrada, fría y despectiva, que dejaba muy claro lo que pensaba de aquella mujer que ahora compartía su techo.

Durante las semanas siguientes, la rutina se estableció de forma implacable. Yerald pasaba la mayor parte del día fuera, ocupado en la empresa o en reuniones, y cuando estaba en casa se encerraba en su despacho. Cuando nos cruzábamos, el trato era siempre educado pero distante, estrictamente limitado a lo necesario para mantener la apariencia. No había confianza, ni conversaciones amistosas, ni ningún gesto que fuera más allá del acuerdo.

Ximena, por su parte, hacía todo lo posible por marcarme mi lugar en aquella casa. Sus comentarios eran siempre agudos y cargados de doble intención, sus miradas despectivas y frías, y encontraba pequeños obstáculos a cada paso para hacerme sentir que era una intrusa, una invitada que en cualquier momento debía irse. Los demás empleados eran respetuosos por obligación, pero notaba que me observaban con curiosidad y cierto juicio, como si estuvieran esperando que cometiera un error o revelara alguna mala intención.

Soportaba todo esto con una paciencia infinita y una dignidad que no perdía en ningún momento. Me mantenía ocupada, leía, ayudaba en lo que podía con los quehaceres y, sobre todo, dedicaba todo mi tiempo libre a cuidar de Thiago. El niño, afortunadamente, parecía estar tranquilo. Los médicos que Yerald había contratado venían a revisarlo con frecuencia, los análisis salían bien y la fecha para la operación estaba ya fijada en el calendario. Saber que mi hijo estaba en buenas manos era lo único que me daba fuerzas para seguir adelante cada día.

Sin embargo, la soledad en aquel hogar inmenso era a veces abrumadora. Un día, mientras estaba sentada en un rincón de la gran sala de estar, leyendo un libro para distraerme, sentí una pequeña presencia acercarse. Al levantar la vista, vi a Liana, la hija menor de Yerald. Tenía cuatro años, cabello oscuro y rizado, y unos ojos grandes y expresivos que me miraban con timidez pero sin rencor. Se acercó despacio, deteniéndose a unos pasos, como si estuviera evaluando si podía acercarse más.

—¿Qué haces? —preguntó la niña con voz muy suave.

—Estoy leyendo un cuento —respondí con una sonrisa cálida, sin querer asustarla.

Liana se quedó callada un instante, luego levantó el pequeño libro de cuentos que llevaba escondido detrás de su espalda y lo extendió hacia mí.

—¿Me lo lees? —preguntó, bajando un poco la mirada, como si esperara un rechazo.

Sentí que algo se abría en mi interior, hacía mucho que nadie me pedía nada con tanta inocencia.

—Claro que sí, siéntate aquí conmigo —respondí, apartando un poco mi falda para hacerle sitio en el sofá.

Nos sentamos juntas, y comencé a leer con calma, poniendo distintas voces a los personajes para hacer el cuento más divertido. Poco a poco, la niña fue relajándose, olvidó su timidez y terminó riendo con las aventuras que escuchaba. Fue un momento de sencilla alegría, algo que hacía mucho no se sentía y menos en aquel lugar tan frío y solemne.

Lo que ninguna de las dos sabía era que, desde el marco de la puerta, Yerald había observado toda la escena en silencio. Había regresado antes de lo previsto y se quedó detenido al ver a su hija tan tranquila y sonriente junto a aquella mujer a la que él solo veía como parte de un trato. Ver la paciencia y la ternura con la que trataba a Liana le provocó una sensación extraña, difícil de definir. Durante todo este tiempo solo había pensado en mí como una desconocida contratada para cumplir una norma, pero en ese instante, algo en su mirada cambió levemente.

Se quedó allí unos segundos más, sin ser visto, y comprendió que quizás había juzgado demasiado rápido a la mujer que ahora compartía su hogar.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP