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CAPÍTULO 7: EL MEDALLÓN Y LAS PREGUNTAS

El medallón quemaba contra mi pecho, escondido bajo la ropa, mientras bajaba las escaleras de la mansión con paso decidido, había dormido mal, dando vueltas en la cama, sintiendo el metal frío contra la piel como un recordatorio constante de que mi vida no era lo que siempre había creído. Las cartas de Elisa, las fotografías antiguas, el escudo de los Pierro... todo apuntaba a una verdad que mi madre adoptiva se había llevado a la tumba.

El comedor estaba vacío, La señora Ferreira me informó que Yerald había salido temprano y que Ximena no bajaría a desayunar, un alivio, hoy podría investigar sin tener que soportar sus miradas de desprecio o sus comentarios venenosos.

—¿La biblioteca está disponible? —pregunté, intentando que mi voz sonara casual.

La señora Ferreira me miró con suspicacia, pero asintió.

—Siempre que respete las normas, señora.

No añadió nada más, pero sentí su desconfianza como una sombra, no importaba, necesitaba respuestas, y sabía que en esa biblioteca, entre aquellos libros polvorientos, encontraría algo.

La biblioteca era un lugar imponente, con estanterías que se perdían en la penumbra del techo alto y una luz tenue que se filtraba por los ventanales. Cerré la puerta tras de mí y me quedé un momento en silencio, escuchando el crujido de la casa, los pasos lejanos de los empleados, estaba sola.

Me dirigí a la sección de historia local, donde sabía que encontraría registros de las familias más influyentes de la región. Pasé un tiempo hojeando libros de genealogía, periódicos encuadernados y álbumes de fotografías, los Pierro aparecían en todas partes: empresarios, terratenientes, filántropos, pero siempre en imágenes borrosas, en menciones vagas, como si la familia hubiera vivido siempre al margen de la historia oficial.

No encontré ninguna referencia a una niña perdida, ningún escándalo, era como si alguien hubiera borrado esa parte de su pasado con cuidado meticuloso.

—¿Buscando algo interesante?

La voz de Rodrigo Villalba me sobresaltó, me giré y lo encontré apoyado en el marco de la puerta, con esa sonrisa falsa que me ponía los pelos de punta, sus ojos recorrieron la mesa donde había apilado los libros y se detuvieron en el libro de genealogía que tenía abierto.

—Solo pasaba el tiempo —respondí, cerrando el libro con un golpe seco—. ¿Usted también lee, señor Villalba?

Se acercó con pasos lentos, como un depredador que disfruta acorralando a su presa.

—Yo prefiero la acción a la lectura, señora Valtierra —dijo, deteniéndose a un par de metros de mí—. Pero me pregunto qué interés puede tener una mujer como usted en la historia de los Pierro, no es exactamente una familia de limpiadoras y panaderas.

Sentí que la sangre se me helaba. ¿Cómo sabía él que estaba investigando a los Pierro? Me obligué a mantener la calma, a no dejar que mi rostro delatara el miedo que sentía, pero me acorde de la conversación en la oficina de Yeral, ¿sería con él que estaba hablando por teléfono?

—Me gusta la historia —respondí, levantándome y alisando mi falda—. Esta biblioteca es impresionante.

Rodrigo rió, un sonido seco y sin alegría.

—Claro, claro, la viuda pobre que de repente se interesa por la aristocracia, muy convincente.

Pronunció "viuda pobre" como si fuera un insulto, como si mi dignidad no valiera nada, apreté los puños y mantuve la mirada firme.

—Si no tiene nada que hacer, señor Villalba —dije, con la voz más fría que pude—, tal vez debería ocuparse de sus propios asuntos, yo tengo una cita con mi hijo.

Salí de la biblioteca con la sensación de su mirada clavada en mi espalda, no me giré, pero sentí el peso de sus ojos.

El resto del día transcurrió en una tensión constante, jugué con Thiago en el jardín, pero mi mente estaba en otra parte, en todas las cosas que había encontrado.

—Mamá, ¿por qué estás triste? —preguntó Thiago, mirándome con sus ojos grandes y serios.

Lo abracé con fuerza, sintiendo su calor contra mi pecho.

—No estoy triste, mi vida, solo estoy pensando en cosas importantes.

—¿Cosas como el pastel de chocolate? —preguntó con una sonrisa.

—Algo así, sí—. Reí.

Pero cuando Thiago se durmió esa noche, volví a sentarme en la cama con el medallón en la mano, acaricié el escudo con el pulgar y sentí una conexión extraña, como si aquel objeto hubiera estado esperando toda su vida para encontrarme, ¿Quién era yo realmente? ¿Y por qué mi madre adoptiva nunca me había dicho la verdad?.

Decidí que necesitaba más pruebas, quizás en la maleta vieja que había traído de mi antigua casa, donde guardaba los recuerdos de mi madre adoptiva. Me arrodillé junto a la cama, saqué la maleta y empecé a revisar, todo parecía estar en su sitio, pero noté algo, el orden no era el mismo, la ropa que yo había doblado cuidadosamente estaba un poco desordenada, y el sobre donde guardaba las cartas de Elisa estaba vacío.

El corazón me dio un vuelco, alguien había estado allí, hurgado entre mis cosas y se llevó las cartas.

Me levanté de un salto y miré a mi alrededor. La puerta estaba cerrada, pero la ventana estaba entreabierta, la cerré, el miedo se instaló en mi pecho, ¿Quién había sido? ¿Rodrigo? ¿Ximena? ¿O alguien más, que no quería que yo encontrara la verdad?

El medallón seguía en mi bolsillo, lo había llevado conmigo todo el día, si alguien buscaba algo, probablemente era eso, por ahora, estaba a salvo.

Pero necesitaba un lugar seguro para esconderlo, un lugar donde nadie pudiera encontrarlo. Salí de la habitación con pasos sigilosos, fui a la biblioteca, allí había tantas estanterías y libros que un objeto pequeño podía pasar desapercibido durante años.

Entré en la biblioteca con el corazón latiendo con fuerza, la luna se colaba por los ventanales, me acerqué a la estantería más alta, busqué un libro que pareciera olvidado, encontré uno de poesía del siglo XIX, con el lomo desgastado, lo abrí y deslicé el medallón entre las páginas, luego lo coloqué de nuevo en su sitio, en un ángulo donde apenas se notara, allí estaría a salvo, al menos por ahora.

Me giré para irme y casi chocó contra el pecho de Yerald. di un grito ahogado, llevándome la mano al pecho. él estaba allí, a menos de un metro, sus ojos oscuros me miraban con una mezcla de curiosidad y cautela.

—¿Qué haces aquí a estas horas? —preguntó con voz grave, pero sin acusación.

Sentí que las palabras se me atascaban en la garganta, había estado tan concentrada en esconder el medallón que no había oído sus pasos.

—No podía dormir —logré decir—. Buscaba un libro.

Yerald me miró con atención, como si pudiera ver a través de la mentira, pero no me cuestionó, en cambio, dio un paso hacia la estantería y rozó con los dedos el lomo del libro que yo acababa de tocar, contuve la respiración, si abría el libro, encontraría el medallón, todo se derrumbaría.

—La poesía siempre ayuda a calmar la mente —dijo, sin abrir el libro, solo acariciando su lomo—. A mí también me pasa.

Asentí, sin atreverme a hablar, Yerald me miró de nuevo, y esta vez sus ojos no eran fríos ni distantes, había algo en ellos, una chispa de curiosidad, quizás incluso de interés.

—Tienes miedo de algo —dijo, sin preguntar, como si lo supiera con certeza—. Te he notado que estás nerviosa desde que llegaste, hoy más que nunca.

Bajé la mirada, no podía decirle la verdad, no aún, pero tampoco podía negarlo.

—Es una casa grande —respondí—, a veces las casas grandes tienen ecos de cosas que no entendemos.

Yerald guardó silencio unos segundos, luego, sin previo aviso, extendió la mano y tomó la mía con suavidad, el contacto fue eléctrico, Yerald también lo sintió, porque sus dedos se tensaron brevemente y sus ojos se abrieron con sorpresa.

—Estás temblando —dijo él, en voz baja.

—El frío —mentí, sin apartar la mano.

Él me miró fijamente, como si buscara una respuesta en mis ojos, por un instante, creí que iba a decir algo importante, algo que cambiaría todo, pero en lugar de eso, retiró la mano con rapidez, como si hubiera tocado algo prohibido.

—Vuelve a tu habitación —dijo, con la voz recuperando esa frialdad que ya conocía—.

Asentí, sin poder hablar, di unos pasos hacia la puerta, pero me detuve y me volví hacia él.

—Yerald... —dije.

Él me miró, con una expresión que no podía descifrar.

—Gracias —dije, sin saber muy bien por qué lo decía—. 

Él asintió lentamente, y yo salí de la biblioteca sintiendo el calor de su mano aún grabado en la mía. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué Yerald me miraba así? ¿Y por qué mi corazón latía tan fuerte, tan descontrolado, como si hubiera corrido kilómetros?

La respuesta no llegó esa noche, pero si supe una cosa con certeza: no podía confiar en nadie en aquella mansión, Ni en Rodrigo, ni en Ximena, ni siquiera en Yerald, porque todos tenían secretos y yo estaba decidida a descubrir los míos.

Pero también sabía que, a partir de aquella noche, Yerald Valtierra no era solo el hombre del contrato, era algo más, que me daba miedo nombrar.

El medallón seguía a salvo entre las páginas del libro de poesía, y con él, mi verdadero origen, solo el tiempo diría si esa verdad me liberaría o me destruiría.

Apreté la mano contra el pecho, sintiendo el eco de su tacto en mi piel, y supe que, aunque quisiera huir de aquella casa, algo me ataba a ella, que no era el contrato, era algo que no tenía nombre aún.

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