El medallón quemaba contra mi pecho, escondido bajo la ropa, mientras bajaba las escaleras de la mansión con paso decidido, había dormido mal, dando vueltas en la cama, sintiendo el metal frío contra la piel como un recordatorio constante de que mi vida no era lo que siempre había creído. Las cartas de Elisa, las fotografías antiguas, el escudo de los Pierro... todo apuntaba a una verdad que mi madre adoptiva se había llevado a la tumba.
El comedor estaba vacío, La señora Ferreira me informó qu