Alaia KendrickLa luz de la mañana se filtraba con timidez por los bordes de las cortinas, pintando rayas de oro sobre la madera rústica de la cabaña. Abrí los ojos con lentitud, sintiendo el peso reconfortante del brazo de Alexander sobre mi cintura. El aire en la habitación aún conservaba el rastro de nuestra unión de la noche anterior, un aroma a piel, leña y deseo que me hacía querer permanecer allí para siempre, suspendida en un tiempo que no me pertenecía.Me giré con cuidado, tratando de no despertarlo, pero sus ojos ya estaban fijos en los míos. Su expresión, habitualmente severa ante el mundo, era ahora suave, casi vulnerable, una faceta que solo yo tenía el privilegio de conocer.—Buenos días —susurró, su voz cargada de esa aspereza mañanera que siempre me aceleraba el pulso.Se inclinó sobre mí, depositando un beso suave y lento en mi frente, seguido de otro en la punta de mi nariz y, finalmente, uno largo, profundo y cargado de una ternura que me apretó el corazón. Sus
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