AlaiaEl aire en el penthouse se sentía sofocante, cargado de una electricidad estática que me erizaba la piel. Cuando la puerta blindada se cerró tras de mí, dejé atrás el refugio de Alexander para adentrarme en el terreno enemigo. El estacionamiento subterráneo estaba sumido en una penumbra fría. Mi propio coche, un deportivo negro que solía darme una sensación de libertad, esta mañana me parecía una jaula de cristal.Subí al vehículo y, al encender el motor, mis manos temblaron de forma incontrolable sobre el volante. Respiré hondo, obligando al aire a llenar mis pulmones, pero la opresión en mi pecho no cedía. Alexander tenía un plan, sí, pero el miedo a que algo fallara, a que una simple coma mal puesta en el código del sistema pusiera en peligro a mi familia, era un peso insoportable.Conduje por las calles de la ciudad, viendo a los otros conductores como si fueran espectros en una película. Todo el mundo seguía con su vida, sin sospechar que yo, en este preciso instante, es
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