Alaia Kendrick
El coche negro se detuvo frente a mi edificio. El silencio que se había instalado en el trayecto desde el aeródromo, un silencio cargado de palabras no dichas y de la cruda realidad de nuestra nueva dinámica, pesaba más que el propio metal del vehículo. Suspiré, sintiendo que el corazón se me encogía. Miré a Alexander, que permanecía con la vista al frente, concentrado en la ruta.
—¿Te quedarás conmigo esta noche? —pregunté, rompiendo el mutismo. No quería que se fuera, quería